PRIMERA PARTE
1.
ME LLAMO Max Reinhart. No se me confunda con el homónimo que hace más de ocho décadas pasó a la historia por haber sido el actor, titular y fundador de la compañía teatral que impulsó entre otras tantas leyendas, a este otro tocayo mío; cuyos dientes y orejas postizas lo hicieron convertirse en el sombrío conde Orlok, aquel lúgubre chupasangre que Murnau inmortalizó con creces.
La relación entre aquel desaparecido Max Reinhart con el suscrito es nula, empezando porque en aquellos tiempos este segundo que aquí os habla no existía ni siquiera en la mente de sus padres; y ni por asomo le ha dado por dedicarse a la actuación… el único aspecto en común es el nombre; por las circunstancias que sean, este no es , ni más ni menos, ni el primero ni último caso cuando llegan a coincidir los mismos nombres y apellidos, sin mediar ningún nexo que pueda explicar esta inusual, pero al mismo tiempo, común coincidencia. El hecho claro es que así es como me llamo, y lo que considero de importancia para contar en este momento en particular no debe detenerse en pormenores sin importancia como este.
MOTIVOS de gran urgencia me impulsan a hacer esta especie de confesión. Lo que voy relatar a continuación no es más que la suma de acontecimientos visibles que por su finalidad específica no hacen más que confirmar una visión de la verdad que muy pocos estarán preparados para asumir; la inmensa mayoría entraría en los límites del desequilibrio de enterarse de la crudeza de una realidad que no están preparados para admitirla , que sin embargo siempre ha convivido con nosotros aguardando el menor momento para en momentos intermitentes darse a conocer por señales que tan solo unos cuantos seleccionados pueden reconocer y los muchos sólo han sopesado algunas evidentes secuelas caracterizadas por su radical tragedia en la mayor parte de las circunstancias.
No soy ninguno de estos elegidos, ni mucho menos; solo soy uno de tantos ignorantes del vulgo común, que por azares del destino tuve la fortuna, o la desgracia, depende como se mire, aunque no sé si sea esto más un infortunio que un don del cielo; el haber involuntariamente descubierto la evidencia de este hecho, hace que pese sobre mí cada vez más como un fardo. Antes considero de suma importancia terminar de narrar las andanzas de mi azarosa vida, para que tengáis una idea irrefutable y sin ningún tapujo de quien es vuestro servidor.
Necesito por tanto terminar de contar acerca de mis peripecias para que podáis formaros un criterio objetivo de este parroquiano que os habla, y que entendáis como los azares me fueron conduciendo sin ni siquiera buscarlo, a encontrarme cara a cara con esta realidad que es más palpable de lo que cualquiera podría imaginarse.
SOY CONSCIENTE que esto que acabo de decir no deja de parecer como las paranoias de un lunático que sin más ni más lanza este rollo; sé también que mis actos no han sido un idóneo ejemplo de credibilidad, credibilidad que hoy más que nunca es necesario que se me tome en consideración. Es cierto que he dedicado la mayor parte de mi vida al engaño, en detrimento de muchos incautos inocentes, si bien en otros casos me alegra haber obrado así para perjuicio de algunos pérfidos miserables que se merecían de sobra que alguien de una vez por todas les correspondiese con la dosis de su propia medicina. Mi vida como veréis,jamás ha podido estimarse por haberse encauzado en el curso de los senderos más ideales; he actuado en mi propio y exclusivo beneficio; no me ha importado pasar por encima de otros con tal de lograr mis fines.
He sido esclavo de mis ambiciones, tanto han sido lo que éstas me cegaron que no me han permitido divisar tremendos choques que a largo y también a corto plazo han asolado mi vida. Mis desmedidas pretensiones de riqueza sólo me han dejado en la soledad; y cada vez más miserable; hoy día, tan pronto los que se llegan a cruzar por mi vida descubren lo que soy en realidad, no vuelven a mirarme a la cara.
En mis treinta y cuatro años de vida he subido y bajado ondulantemente tanto de alternativas formas de concebir mi vida y afrontarla con relación a los demás, como de estados de cuenta bancaria. He conocido las más altas cumbres de la comodidad y el hartazgo; tampoco me ha sido indiferente la necesidad y el desespero de la miseria; ha sido precisamente la obnubilante necesidad la que me ha hecho envidiar a los que tienen, y de esta forma hacer todo lo necesario para tener lo que ellos tienen, cueste lo que cueste. No es que me faltara un ambiente de crianza carente de recursos. Mis padres no eran ricos, pero podían permitirse y permitirnos a mí y a mis hermanos los caprichos que todo niño podía tener.
YO ERA el menor de tres hermanos: un hermano, una hermana. Como el niño pequeño de la casa era el príncipe preferido de mamá; el campeón de papá; y el duende manipulador; o el enano oportunista y ladino, para mis hermanos. En realidad mis hermanos tenían razón en llamarme así, puesto que el hecho de ser el niño consentido de la casa, eso me había hecho creerme el centro de todo; creía que mi fortaleza residía en mi minoría de edad frente a ellos y frente a los demás, y en mi mayor credibilidad ante mis padres por es el pobre niño pequeño, el cual era molestado por sus hermanos envidiosos achacándole injustamente todas las gamberradas. Aquello me hacía sentir inmune frente a todos; podía hacer lo que fuera; lo que por mi capricho pasara que nadie se resistía al candor de un pequeñuelo angelical. Todos, absolutamente todos, me creían; era un excelente histrión; podía estallar en llanto y lágrimas incluidas que cualquiera que me viese no tendría la menor duda de que algo o algunos habrían hecho llorar a aquel pobre chiquillo.
Este fue uno de mis primeros recursos, en primera instancia como un segundo plan para obtener lo que quisiera, o cuando me las veía verdaderamente mal, después de haber cometido alguna travesura y quería salir invicto de un inevitable castigo, que muy certeramente era destinado a cualquiera de mis hermanos, o compañeros de colegio. Desde ese entonces, comencé desde esta temprana edad a granjearme la simpatía de quienes se resistían a mi candor, y con el tiempo mi más sutil verborrea, a través de la zalamería más descarada; pero sabía en cambio enmascararla con argucia.
MIS PADRES me complacían en todo; cualquier capricho que pasase por mi mente ellos hacían lo posible para proporcionármelo; tantas facilidades obtuve sin dar nada a cambio, que poco a poco me fui haciendo la idea que las cosas buenas estaban hechas para mi sin tener que derramar la menor gota de sudor para obtenerlas. Se me fue creando una conciencia gradualmente más negligente; el aumento de mi pereza era directamente proporcional a mi sagacidad para evadir mis responsabilidades, y así lograba idear medios para que éstas jamás me alcanzaran. A lo largo de mis años como estudiante adolescente, cierto profesor me dijo, una vez habiendo advertido esta inmensa flaqueza, que si usara mi ingenio para emplearlo en finalidades productivas, sería un verdadero hombre de bien. A pesar de todo no era alguien insolente. Si bien parecía acoger esta clase de observaciones, por un oído me entraba y por el otro me salía, y seguía tan campante como siempre en las mismas andadas
Otra de las ventajas que me permitieron salir bien parado de muchos aprietos ha sido mi actitud de fingida cortesía, a tal punto que si era necesario pedir perdón lo hacía. La curiosidad siempre ha sido uno de mis atributos principales; todo lo nuevo para mí siempre ha sido un reto digno de afrontar… siempre que no tuviera que aportar el menor esfuerzo, era entonces cuando utilizaba mi ingenio para buscarle los tres pies al gato en esta fórmula escapista. Parecía que tenía padrinos sobrenaturales que me cubrían las espaldas, porque si dijese de cuántas cosas he logrado salvar mi cabeza se diría que estoy aprovechando esta oportunidad para mentir de lo lindo.
SIN EMBARGO, así no son las cosas; no esta vez, por lo menos; si hasta ahora me he detenido en preámbulos es para antes auto expiarme de mis faltas y de esta forma a quienes les llegue esta confesión sepan que el que la escribió no se alabó en absoluto; pues antes que todo intentó hacer hincapié en estos rasgos más representativos de mi conducta para que quienes lean esta confesión saquen sus propias conclusiones y no crean lo primero que les sirvan en bandeja, considerando que es completamente lícito que se cuestionen acerca de la veracidad de este relato y del poco o mucho crédito que tenga su remitente.
En fin, ¿en qué había quedado? … ah si, como antes decía, frente a cada problema que me ha asaltado he sabido escabullirme como gato panza arriba. Había logrado formar una auto confianza a toda prueba; nuevamente me sentía invulnerable; yo era el único listo y los demás unos tontos ingenuos. Falseaba las verdaderas respuestas de los exámenes, y ningún profesor me descubrió, excepción hecha del que antes hice mención, de ahí la calidad de su sermón; falsificaba las autorizaciones de mi madre imitando su letra, para que me dejaran salir más pronto de clases, o simplemente autorizándome a cualquier cosa que ella de antemano hubiese negado, y nunca fui descubierto.
POR ALGUNA extraña razón, este profesor que me descubrió no me acusó frente a sus colegas ni mucho menos a mis padres con la esperanza que su vehemente plática hubiese calado en mi, cosa que le hice entender, prometiéndole casi con lágrimas en mis ojos, que aquel terrible desmán jamás volvería a suceder; y yo, buen actor que soy, no volví frente a sus ojos a cometer tamaño atropello contra la honestidad que había jurado desde entonces aplicar para mi mismo. Aquel pobre hombre pecó de ingenuo si de verdad pensaba que encauzaría mi camino; lo claro es que frente a sus ojos eso le hice creer y entonces fui cada vez más cuidadoso en mis tretas académicas. Claro que sabía que me estaba engañando a mi mismo, pero en esos momentos solo me interesaba pasar esos exámenes y salir de esa tediosa vida de clase y clase, libro con libro, y profesores insoportables…que fuera honesto o no, que el daño me lo estaba causando a mi mismo, eso solo me concernía a mi… ¿a los demás que coño les importa eso? ; Por mi que se vayan a freír puñetas, que me dejen tranquilo y que se metan su jodido sentido de lo-que-debe-estar-bien por donde les quepa.
Les vendía las copias de exámenes anteriores a estudiantes de cursos anteriores; yo era muy solicitado para estos menesteres. Podría decirse que en el ramo de la falsificación de exámenes y excusas yo era toda una autoridad. Me las ingeniaba para hacerme con los exámenes de cursos superiores y hasta estos estudiantes acudían también a mí.
IBA APROBANDO todos los cursos hasta con menciones honoríficas por tan excelente rendimiento. Paralelamente a todo esto, me dejé tentar por el horrible demonio de las drogas; y todo por obra de la bendita (¿bendita?) curiosidad. Empecé fumando marihuana. Sentía sus innegables efectos y naturalmente mi adicción por ella iba aumentando; al mismo tiempo me daba cuenta que esta hierba iba perdiendo efectividad conforme más me apegaba a ella; fue entonces cuando fui acogiéndome a drogas de mayor alcance.
Antes de continuar debo aclarar que si podía tener acceso a estas sustancias fue primero por mediación de unos amigos en una fiesta; y tras sentirme en el cielo por sus primeros efectos pensé en el modo de hacer de este preciado consumo un beneficio personal. Por intermedio de estos amigos contacté con el proveedor de estas dosis personales; y con él llegué al acuerdo que si conseguía traerle más clientes, su forma de pago para conmigo sería con sendas dosis de tan preciada sustancia para mí en aquel entonces.
Mi elocuencia sirvió como anzuelo para atraer bastantes peces a la red de las percepciones distorsionadas. Esto ponía a mi jefe más que satisfecho. Nunca había logrado vender tanta de su mercancía personal en tan poco tiempo; y a medida que aquello pasaba fue reconsiderando mi forma de pago. Esta vez las retribuciones en especie fueron sustituidas por pequeños porcentajes de lo vendido. Me había convertido en un magnífico promotor de vicio, y esto, si era reconocido a tiempo, no era digno de despreciarse de un proveedor de droga que se jactase de tener ojo clínico para su negocio. En mis primeras ganancias consideradas por mi como jugosas, me costó bastante trabajo disimular el verdadero trabajo que tenía.
Esos pequeños porcentajes no lo eran tanto para alguien que apenas contaba con diecisiete años, y lo que el promedio de gente de mi edad suele ganar en comunes empleos durante las vacaciones escolares. Es por esta cuestión en particular que mis padres empezaron a olerse que algo raro pasaba conmigo. Si ellos solían antes darme una cantidad semanal, lo que esta cantidad representaba, más mis pequeñas entradas como empacador en un supermercado no se igualaban en lo más mínimo con mi nueva ganancia, no semanal, sino diaria.
SIEMPRE ME habían seducido los atavíos y demás fruslerías que un adolescente de mi edad hubiera presumido sin par; y como en esos años tan alocados uno lo que quiere es lucirse sobre todo frente al bello sexo, cualquier cosa valía para hacer llamar su atención. Todo lo que quería era causar una buena impresión. No podía quejarme; aquel tropel de bellas piernas siempre se habían sentido atraídas hacia este peregrino, que, modestamente, se convertía en una fuente de insomnio, seguido por fuertes suspiros que solo una reacción auto exploratoria, estimulada por el tacto del género de nuestras madres, hermanas abuelas y así sucesivamente podrían experimentar. No estoy exagerando, por supuesto que no. Tengo constancia de lo que estoy diciendo. No voy a decir la razón de este hecho, pero téngase la absoluta certeza que aquello pasaba. Con estímulos de esta categoría cualquiera hubiera vendido hasta a su propia madre al mismísimo diablo. Mentiroso quien diga lo contrario.
Como es lógico, aquellas chucherías valían un tremendo dineral, y como antes había dicho, mis entradas ordinarias ni en sueños me habrían permitido tamaños lujos. La única opción hubiera sido pedirles a mis padres que me las compraran; pero estaba seguro que el alto costo de estas prendas les habrían hecho elevar un grito en el cielo; y hubieran, no gritado, sino aullado como completos posesos. No fui nada prudente en la exteriorización de mis ganancias, habiendo hecho caso omiso a las recurrentes advertencias de mi jefe con respecto a hacer visible mi creciente tren de vida e instinto sediento de toda clase de placer que se cruzase por en frente de mi.
( CONTINUARÁ )

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